Y como mi elemento fuerte, soy indomable.
El aire me domina.
Pero no soy esa clase de alma libre que tú crees.
No me da miedo vincularme.
No me da miedo estar sola.
No me da miedo perderme en alguien.
No me da miedo perderme a mí misma.
No me da miedo mostrarte mi amor.
No me da miedo que tú me lo demuestres.
No me da miedo elegir qué día quiero verte.
Tampoco me da miedo que no quieras verme.
No me da miedo mi sexualidad.
Al contrario. La disfruto. La deseo.
Y si te deseo, te lo digo.
No me da miedo mi compañero.
Al contrario: camino a su lado.
Le poseo, me posee.
Y así, los dos somos.
Porque para mí, amar no significa dejar de ser libre.
Soy un alma libre porque yo decido cuándo, dónde, con quién y cómo.
Decido quedarme.
Decido irme.
Decido abrirme.
Decido cerrar una puerta.
Y también decido entregarme.
Porque quizá nos han vendido una idea bastante pobre de la libertad: la de quien necesita tener siempre una salida abierta para sentirse a salvo.
Yo no.
Yo puedo entrar hasta el fondo.
Puedo elegirte sin sentir que me estoy perdiendo.
Puedo necesitarte sin convertirte en mi dueño.
Puedo echarte de menos sin correr detrás de ti.
Puedo amarte profundamente y seguir perteneciendo a mí.
No necesito mantener una distancia emocional para demostrarte que soy libre.
No necesito desaparecer para recordar quién soy.
No necesito fingir que nada me importa para que nadie tenga poder sobre mí.
Mi libertad no está en no necesitar a nadie.
Está en poder necesitarte y, aun así, seguir eligiéndote.
Porque hay una diferencia enorme entre depender de alguien y decidir compartir tu vida con alguien.
La dependencia dice:
«Sin ti, no soy.»
La libertad dice:
«Soy. Y precisamente porque soy, puedo elegirte.»
No quiero un amor que me encierre.
Pero tampoco quiero una libertad que me obligue a vivir siempre con un pie fuera de la puerta.
Quiero poder entrar.
Quiero poder quedarme.
Quiero poder entregarme sin desaparecer.
Quiero que me abraces y que ese abrazo no sea una jaula.
Quiero que me quieras sin intentar domesticarme.
Y quiero quererte sin necesitar convertirte en alguien más pequeño para sentirme libre.
Porque quizá la verdadera libertad no consiste en romper todos los recipientes.
Tampoco en intentar caber dentro de todos.
Consiste en reconocer cuál te sostiene y cuál empieza a reducirte.
Y cuando un recipiente deja de sostenerte y empieza a contenerte, no necesitas odiarlo.
Simplemente sabes que ya no es tu lugar.
Yo no soy libre porque nadie pueda tocarme.
Soy libre porque puedo dejar que alguien me toque el alma y seguir sabiendo perfectamente dónde termino yo y dónde empiezas tú.
Y si mañana te elijo,
que nadie confunda mi elección con una renuncia.
Te estoy eligiendo precisamente porque podría no hacerlo.
Y ahí está mi libertad.

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