El teléfono se ilumina sobre la mesa.
No tienes que mirar quién es.
Ya lo sabes.
O crees saberlo.
Lo coges.
Lees el mensaje una vez.
Después otra.
No dice nada especialmente provocador.
De hecho, si se lo enseñaras a otra persona probablemente te diría:
“¿Y?”
Pero tú sabes que hay palabras que no significan exactamente lo que dicen.
A veces depende de quién las escribe.
De la hora.
De lo que pasó ayer.
De lo que no pasó.
Y, sobre todo, de lo que tú haces con ellas después.
Dejas el teléfono sobre la mesa.
Intentas seguir con lo que estabas haciendo.
No puedes.
Vuelves a cogerlo.
Y ahora ya no estás leyendo el mensaje.
Estás imaginando su voz.
La forma en que te lo diría si estuviera delante.
Lo cerca que tendría que estar para que pudieras sentir su respiración cuando terminara la frase.
Y quizá él no ha hecho absolutamente nada.
Todavía.
Pero tú ya has llenado una habitación entera con alguien que no está en ella.
Bienvenida al territorio del deseo.
Ese lugar extraño donde a veces una persona está mucho más presente cuando todavía no ha ocurrido nada.
¿Qué estamos deseando exactamente?
Esta es la pregunta que me ha llevado a investigar todo esto.
Porque llevamos demasiado tiempo diciendo que deseamos lo que no podemos tener.
Que lo prohibido excita.
Que lo difícil engancha.
Que cuando alguien se aleja queremos acercarnos.
Y sí.
A veces.
Pero no me termina de convencer.
Porque si fuera tan sencillo, bastaría con ignorarnos mutuamente para conseguir una vida sexual extraordinaria.
Y sospecho que no funciona exactamente así.
La investigación sobre atracción e incertidumbre es bastante más interesante.
En determinados contextos, no saber cuánto le gustamos a alguien puede hacer que pensemos más en esa persona y aumentar nuestra atracción.
Pero cuando la incertidumbre viene acompañada de señales claras de desinterés, puede ocurrir lo contrario.
Así que quizá no sea la incertidumbre lo que nos excita.
Quizá sea otra cosa.
Quizá sea la posibilidad.
Y la posibilidad es un animal mucho más interesante.
Porque tú no quieres que desaparezca
Piénsalo.
Si alguien que te atrae desaparece completamente de tu vida, probablemente después de un tiempo dejará de ocupar espacio.
Lo que te mantiene ahí no es únicamente que no lo tengas.
Es que todavía puede ocurrir algo.
Ese “todavía”.
Esa palabra diminuta puede contener una cantidad indecente de deseo.
Todavía puede escribirme.
Todavía podemos vernos.
Todavía puede besarme.
Todavía puede pasar.
Y mientras pueda pasar, tu imaginación trabaja.
No necesita demasiado.
Una fotografía.
Una voz.
Una conversación que terminó demasiado pronto.
Una mirada que no sabes interpretar.
Una mano que estuvo cerca de la tuya y no llegó a tocarla.
El deseo tiene una relación bastante íntima con los espacios vacíos.
Y nosotros somos especialistas en rellenarlos.
La parte que has puesto tú.
Aquí es donde quiero que nos detengamos.
Porque hay algo que me parece fascinante.
Cuando conoces muy poco a alguien, tienes poca información.
Y donde falta información, aparece la imaginación.
No porque seas ingenua.
No porque estés desesperada.
Simplemente porque tu cabeza completa historias.
Y puede hacerlo muy bien.
Demasiado bien.
Ese hombre que apenas conoces puede convertirse en alguien extraordinariamente atento dentro de tu imaginación.
Puede saber exactamente cuándo tocarte.
Puede mirarte de esa manera que te desarma.
Puede decir justo aquello que necesitas escuchar.
Puede tener paciencia.
Puede ser seguro.
Puede ser divertido.
Puede ser exactamente lo que deseas.
Qué maravilla.
Y qué pequeña trampa.
Porque quizá una parte de ese hombre la has construido tú.
Y ahora dime la verdad.
¿Cuánto de él conoces y cuánto de él has escrito?
La fantasía no es una mentira
No quiero que nos pongamos moralistas aquí.
La fantasía no tiene por qué ser una versión defectuosa de la realidad.
No necesita convertirse en realidad para tener valor.
Puedes imaginar algo que jamás harías.
Puedes desear una situación que, si sucediera de verdad, quizá no te gustaría.
Puedes fantasear con alguien y no querer tener una relación con esa persona.
Puedes querer que alguien te mire de una determinada manera sin querer que te conozca demasiado.
Y esto es importante porque la investigación sobre fantasía sexual lleva tiempo mostrando que fantasear con algo no equivale necesariamente a querer realizarlo.
La fantasía tiene sus propias reglas.
No tiene consecuencias.
No tiene mañana.
No tiene que recoger la ropa del suelo.
No tiene que descubrir tus manías.
No tiene que escucharte roncar.
No tiene que preguntarte qué quieres para cenar.
La fantasía tiene una ventaja obscena:
puede quedarse exactamente en el punto en el que resulta perfecta.
Y entonces aparece la anticipación
Antes de que ocurra algo, tu cuerpo ya está participando.
Todavía no te ha tocado.
Pero imaginas cómo sería.
Todavía no se ha acercado.
Pero ya notas esa especie de electricidad absurda en el estómago.
Todavía no ha ocurrido nada.
Y, sin embargo, llevas un rato esperando.
La investigación sobre deseo distingue entre el impulso de querer y anticipar una recompensa y el placer de experimentarla realmente.
No son exactamente lo mismo.
Y quizá por eso puedes desear muchísimo algo y, cuando finalmente lo tienes, descubrir que no era como lo habías imaginado.
O descubrir algo mucho mejor.
Porque la anticipación no tiene que enfrentarse a los detalles.
Solo necesita una promesa.
La promesa es terriblemente erótica
No hablo de promesas hechas.
Hablo de las que todavía flotan.
Ese:
“Quizá.”
Ese:
“Ya veremos.”
Ese:
“Cuando nos veamos…”
Esa frase que no termina.
Ese silencio después de decir algo que podría significar mucho más de lo que parece.
Ahí es donde la imaginación empieza a quitarse la ropa.
No hace falta que nadie diga nada explícito.
De hecho, a veces es mejor que no lo diga.
Porque cuando alguien lo dice todo, ya no tienes mucho trabajo que hacer.
Cuando deja un espacio…
entras tú.
Y ahí puede empezar la verdadera excitación.
Pero tampoco voy a venderte la mentira de “lo difícil engancha”
Porque no.
No todo lo inaccesible resulta atractivo.
Y no toda ausencia es misterio.
A veces la ausencia es simplemente ausencia.
Y hay una diferencia bastante importante.
La investigación sobre hacerse difícil de conseguir tampoco respalda esa vieja fórmula romántica de que cuanto menos disponible eres, más atractivo resultas.
Puede funcionar en determinadas circunstancias.
También puede comunicar falta de interés y cargarse completamente la atracción.
Así que no.
No quiero que salgamos de aquí pensando que debemos ignorar a alguien durante tres días para parecernos irresistibles.
Eso no es erotismo.
Eso es una mala gestión de WhatsApp.
Y bastante poco sexy, por cierto.
Entonces, ¿Qué queremos?
Quizá queremos saber que nos desean.
Pero no saber todavía qué va a ocurrir con ese deseo.
Y ahí cambia todo.
Porque una cosa es:
“¿Le gusto?”
Y otra:
“Sé que le gusto. Pero todavía no sé qué pasaría si estuviéramos solos.”
Eso tiene otra temperatura.
Porque ya no estás intentando demostrar que eres deseable.
Ya lo sabes.
Ahora queda descubrir qué ocurre entre los dos.
Y la investigación también apunta a algo que me parece mucho más hermoso que cualquier juego de indiferencia: sentirse comprendida, atendida y valorada por la otra persona puede relacionarse con un mayor deseo sexual.
Es decir:
No solo queremos ser deseadas.
Queremos sentirnos vistas.
Y hay algo profundamente erótico en eso.
Que alguien no mire únicamente tu cuerpo.
Que te mire a ti.
Que recuerde una cosa que dijiste.
Que se dé cuenta de que estás nerviosa.
Que sepa cuándo acercarse.
Que espere.
Que no necesite atropellar el momento.
Quizá el deseo no necesita persecución.
Quizá necesita atención.
Y entonces ocurre
La puerta se cierra.
Ahora sí.
Está delante de ti.
Tan cerca que la fantasía empieza a quedarse sin trabajo.
Lo miras.
Y durante un segundo aparece una pregunta ridícula:
¿Y ahora qué?
Porque llevabas tanto tiempo imaginando ese momento que no habías pensado en lo que ocurría después.
Él se acerca.
Y de repente descubres algo que ninguna fantasía podía darte.
El cuerpo real.
La respiración real.
La piel.
El olor.
La torpeza.
El silencio.
La manera exacta en que una persona ocupa espacio cuando está contigo.
Ya no estás imaginando.
Estás descubriendo.
Y quizá ahí es donde el deseo se juega su partida más interesante.
Porque la realidad puede ser mucho mejor que la fantasía.
Pero también puede ser otra cosa.
Y otra cosa no significa peor.
Significa verdad.
Lo que sucede también puede ser erótico
Quiero insistir en esto porque sería demasiado fácil convertir este artículo en una defensa romántica de lo imposible.
No.
No creo que tengamos que mantener las cosas sin ocurrir para conservar el deseo.
De hecho, sabemos que la novedad puede favorecer la excitación y que el deseo puede mantenerse dentro de relaciones estables cuando existe descubrimiento, experiencias nuevas y sensación de expansión.
Así que quizá el problema nunca fue conocer a alguien.
Quizá fue creer que ya no queda nada por conocer.
Porque puedes dormir junto a una persona durante diez años y seguir descubriendo su cuerpo.
Su forma de mirarte.
Una fantasía que nunca te había contado.
Una parte de sí misma que no habías visto.
Una versión que aparece una noche cualquiera y te hace pensar:
¿Dónde demonios estabas escondiendo esto?
Eso también es erotismo.
El misterio no siempre necesita distancia.
A veces necesita profundidad.
Y ahora viene la pregunta que más me interesa
Cuando imaginas a esa persona que todavía no has tenido…
¿la deseas a ella?
¿O deseas la versión de ti que aparece cuando imaginas que ella te desea?
Porque quizá no quieres solamente sus manos.
Quizá quieres sentirte irresistible.
Quizá no quieres su cuerpo.
Quizá quieres la sensación de que alguien podría perder un poco el control contigo.
Quizá no quieres una relación.
Quizá quieres una noche.
Quizá ni siquiera quieres la noche.
Quieres la posibilidad de esa noche.
Y no es lo mismo.
A veces creemos que estamos deseando a una persona cuando en realidad estamos deseando una emoción que esa persona representa.
Y aquí la cosa se pone incómoda.
Porque si desapareciera esa persona…
¿desaparecería también el deseo?
¿O buscarías otra cara para colocárselo encima?
Quizá por eso existen historias que nunca terminan
No porque fueran necesariamente las grandes historias de nuestra vida.
Sino porque nunca tuvieron la oportunidad de convertirse en una sola historia.
Quedaron abiertas.
Y lo abierto puede contener muchas versiones.
El beso que no ocurrió.
La noche que no llegó.
La conversación que se interrumpió.
La persona que nunca conociste suficientemente.
La que estuvo a punto.
La que se fue justo cuando empezabas a imaginar.
Todas esas historias tienen algo en común:
no sabemos cómo terminan.
Y mientras no lo sepamos, nuestra imaginación puede seguir trabajando.
Puede volver allí cuando quiera.
Puede cambiar el escenario.
Puede cambiar la ropa.
Puede cambiar las palabras.
Puede incluso cambiar a la persona.
Y nosotros seguimos creyendo que estamos recordando.
Cuando quizá estamos inventando.
Entonces vuelvo al principio
El teléfono sigue sobre la mesa.
El mensaje sigue ahí.
Y tú sabes que todavía no ha ocurrido nada.
Pero ahora quizá lo miras de otra manera.
Porque tal vez el erotismo no esté únicamente en lo que hacemos.
Ni siquiera en lo que queremos hacer.
Quizá también está en ese instante anterior.
En el segundo exacto en que todavía no sabes.
En esa respiración antes del beso.
En esa mano que se acerca y todavía no toca.
En la puerta que aún no se ha cerrado.
En la ropa que todavía está puesta.
En la pregunta que nadie se atreve a hacer.
En ese pequeño espacio donde dos personas saben que algo podría ocurrir…
pero todavía no ha ocurrido.
Y quizá ese sea uno de los lugares más fértiles del deseo.
No la ausencia.
No el rechazo.
No perseguir a quien no quiere ser alcanzado.
Sino la posibilidad.
Porque mientras algo sea posible, todavía puede ser cualquier cosa.
Y quizá por eso algunas personas nos siguen excitando mucho después de haberse marchado.
No porque sigamos queriéndolas.
No necesariamente.
Quizá porque nunca llegamos a conocer del todo qué habría ocurrido.
Y hay preguntas que tienen una capacidad erótica bastante más peligrosa que cualquier respuesta.
¿Y si…?
Ahí empieza todo.
Y algunas historias, precisamente porque nunca sucedieron, nunca tuvieron que terminar.


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