La bruja no habla del deseo.
Lo reconoce.
Lo reconoce en ese instante extraño en el que el cuerpo cambia de temperatura sin que nadie haya encendido una chimenea.
En la respiración que se vuelve más lenta.
En la piel, que parece recordar algo que todavía no ha sucedido.
En esa mirada que debería durar un segundo y decide quedarse.
Ahí empieza.
No en las manos.
No en la boca.
Mucho antes.
El deseo llega como llegan algunas tormentas: primero cambia el aire.
Y tú todavía no sabes si va a llover.
Pero lo sabes.
Lo sabe el cuerpo.
Siempre lo sabe antes.
He aprendido a desconfiar de las palabras cuando hablan de deseo.
Porque las palabras pueden mentir.
El cuerpo, bastante menos.
El cuerpo se adelanta.
Se inclina.
Se tensa.
Arde.
A veces basta una voz.
Una forma de pronunciar tu nombre.
Una mirada que no huye cuando encuentra la tuya.
Y entonces algo antiguo despierta debajo de la piel.
No sabes qué nombre ponerle.
Tampoco importa.
Hay cosas que pierden su poder cuando intentamos explicarlas.
Por eso la bruja observa.
No pregunta inmediatamente qué significa.
Deja que suceda.
Deja que el calor suba despacio.
Como una llama que encuentra la mecha.
Como una noche que va cerrando las ventanas una a una.
Porque el deseo no tiene prisa.
El deseo sabe esperar.
Y quizá ahí esté una de sus formas más hermosas de poder.
Nos han enseñado a apagar rápidamente aquello que sentimos.
A ponerle nombre.
A buscarle una explicación.
A satisfacerlo antes de descubrir qué quería realmente de nosotros.
Pero yo prefiero otra cosa.
Prefiero quedarme un poco dentro del incendio.
Sentir cómo empieza.
Dónde nace.
Qué parte de mí despierta.
Qué recuerdo toca.
Qué puerta abre.
Porque no todos los incendios quieren convertirse en ceniza.
Algunos solamente quieren recordarte que todavía tienes fuego.
Y entonces aparece esa pregunta que una bruja jamás debería evitar:
¿Qué es lo que deseo realmente?
¿Su cuerpo?
¿Su mirada?
¿La forma en que me hace sentir?
¿La posibilidad de perder por un instante el control?
¿Ser deseada?
¿Sentirme poderosa?
¿Sentirme vulnerable?
¿O simplemente volver a encontrar esa parte de mí que durante demasiado tiempo estuvo ocupada siendo sensata?
Porque hay deseos que no buscan una persona.
Buscan una versión de nosotros.
Una que respira distinto.
Una que camina diferente.
Una que no pide permiso.
Una que recuerda que debajo de todas nuestras responsabilidades todavía existe una criatura hecha de piel, intuición y fuego.
Esa es la bruja.
No la que lanza hechizos.
La que sabe escuchar el suyo.
La que entiende que una mirada puede ser una puerta.
Que una distancia puede convertirse en tensión.
Que un silencio puede tener más temperatura que una habitación llena de palabras.
Que hay encuentros que comienzan mucho antes de tocarse.
Quizá por eso me interesa tanto la magia sexual.
No por los rituales.
No por las fórmulas.
No por esa necesidad tan humana de convertir lo misterioso en instrucciones.
Me interesa porque el deseo tiene algo de hechizo.
Alguien aparece.
Y de pronto el mundo adquiere otra temperatura.
La noche parece más oscura.
La música parece acercarse a la piel.
La imaginación empieza a caminar por lugares donde la razón todavía no ha llegado.
Y tú sonríes.
Porque sabes que algo ha empezado.
Aunque todavía no haya ocurrido nada.
Especialmente porque todavía no ha ocurrido nada.
Ahí vive una parte del poder.
En lo que todavía puede suceder.
En esa frontera donde la imaginación y el cuerpo se encuentran.
En ese lugar donde una mujer puede cerrar los ojos y sentir que una presencia sigue allí aunque la habitación esté vacía.
Eso también es deseo.
Y quizá sea una de sus formas más puras.
No necesitar poseer aquello que te enciende para saber que estás ardiendo.
La bruja lo aprendió tarde.
Aprendió que no todo hombre que despierta el fuego sabe sentarse junto a él.
Que hay quienes saben provocar una tormenta y después se asustan cuando empieza a llover.
Que hay manos que despiertan el cuerpo y corazones que no saben sostener lo que despiertan.
Y entonces comprendí algo que me cambió la forma de mirar el deseo:
no todo lo que me enciende merece entrar en mi casa.
Qué frase tan poco romántica.
Y qué liberadora.
Porque el deseo puede ser salvaje sin convertirnos en esclavas de él.
Puedo sentir.
Puedo arder.
Puedo imaginar.
Puedo dejar que una mirada me atraviese como una corriente caliente.
Y aun así elegir.
No porque tenga menos deseo.
Sino porque finalmente conozco el valor de mi fuego.
Ya no quiero apagarlo.
Tampoco quiero regalarlo.
Quiero habitarlo.
Sentirlo correr por dentro.
Dejar que me recuerde que sigo aquí.
Que mi cuerpo no es una jaula que tengo que controlar.
Es una casa antigua llena de habitaciones que todavía estoy descubriendo.
Algunas tienen luz.
Otras permanecen cerradas.
Y hay una, al fondo, donde siempre hace calor.
La bruja conoce esa habitación.
No entra cualquiera.
Porque allí no se juega.
Allí se enciende.
Y cuando alguien consigue llegar hasta esa puerta, no basta con que sepa despertar el fuego.
Tiene que saber quedarse cuando las llamas dejan de ser bonitas.
Tiene que saber mirar el incendio sin querer apagarlo.
Tiene que saber que el deseo no es solamente hambre.
También es presencia.
También es entrega.
También es misterio.
También es poder.
Y quizá por eso, cuando alguien me pregunta qué es la magia sexual, ya no sé responder con palabras bonitas.
Le diría simplemente:
Es recordar que hay partes de ti que no se despiertan con explicaciones.
Se despiertan con una mirada.
Con una voz.
Con una cercanía.
Con una noche.
Con el roce invisible de una posibilidad.
Y cuando despiertan, no preguntan quién eres.
Te preguntan algo mucho más antiguo:
¿Todavía sabes arder?

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