Durante mucho tiempo pensé que el deseo era una cosa bastante caprichosa.
Te gusta alguien y ya está.
Hay química, una mirada, una conversación que se queda dando vueltas en la cabeza y ese pequeño problema de dignidad que aparece cuando empiezas a mirar el móvil más de lo razonable.
Luego descubrí algo bastante más incómodo:
mi deseo tenía una psicología.
Y, para ser sincera, no siempre tenía buen criterio.
Porque hay personas que aparecen en nuestra vida y despiertan algo. No sabemos muy bien qué es, pero lo sentimos. Una intensidad difícil de explicar. Una curiosidad que aumenta. Una necesidad de saber más. De acercarnos. De ser vistos.
Y entonces llega la pregunta que probablemente deberíamos hacernos mucho antes:
¿Qué es exactamente lo que estoy deseando?
¿A esa persona?
¿La posibilidad de que ocurra algo?
¿La sensación que me produce?
¿O lo que imagino que voy a sentir si finalmente consigo aquello que deseo?
Porque no siempre deseamos a una persona.
A veces deseamos lo que esa persona activa en nosotros.
Y aquí empieza lo interesante.
Nuestro cerebro no solamente responde a las recompensas que recibe. También participa en la anticipación, en la búsqueda, en esa especie de “todavía puede pasar” que consigue mantener nuestra atención pendiente de algo.
Por eso podemos pensar muchísimo en alguien con quien, objetivamente, ha ocurrido muy poco.
Y aquí me reconozco.
He tenido épocas en las que podría haber escrito una tesis doctoral sobre una persona que apenas me estaba dando material para un capítulo.
Y lo peor es que, mientras yo estaba haciendo arqueología emocional de cada mensaje, probablemente la otra persona estaba tranquilamente viviendo su vida.
El deseo tiene estas cosas.
Puede convertir una pequeña señal en una novela.
Una ausencia en una pregunta.
Un silencio en una hipótesis.
Y una posibilidad en una realidad emocional.
¿Te ha pasado?
Que alguien apenas ha hecho nada y, sin embargo, ocupa demasiado espacio dentro de tu cabeza.
Que una conversación se termina y tú continúas teniéndola durante horas.
Que empiezas a interpretar.
“¿Por qué me ha dicho esto?”
“¿Por qué no me ha contestado?”
“¿Qué habrá querido decir?”
“¿Y si…?”
Ese último “¿y si?” tiene una capacidad extraordinaria para mantenernos emocionalmente enganchados a algo que todavía ni siquiera existe.
Porque el deseo también vive de la expectativa.
Y quizá esta sea una de las partes más incómodas de aceptar:
podemos sentir una intensidad enorme por algo que todavía pertenece más a nuestra imaginación que a nuestra realidad.
Pero no quiero caer en la trampa de decir que toda intensidad es ansiedad, ni que toda incertidumbre significa que estamos ante una relación poco sana.
No.
La realidad es bastante más compleja.
El amor, el deseo y el vínculo también implican recompensa, motivación, atención, anticipación y búsqueda.
La intensidad no es el problema.
La pregunta es:
¿De dónde viene esa intensidad?
Porque no es lo mismo sentirte profundamente atraído por alguien que sentir que necesitas que alguien te elija.
No es lo mismo desear compartir que desear conquistar.
No es lo mismo sentir química que sentir activación.
No es lo mismo intimidad que obsesión.
Y tampoco es lo mismo que alguien te guste a que necesites que ese alguien confirme algo sobre ti.
Ahí es donde el deseo empieza a enseñarnos cosas.
Porque nuestras necesidades psicológicas también participan en aquello que buscamos.
Necesitamos conexión.
Necesitamos sentir autonomía.
Necesitamos sentirnos capaces.
Necesitamos sentir que importamos.
Necesitamos pertenecer.
Necesitamos ser vistos.
Y algunas veces buscamos todas esas cosas dentro de una persona.
Entonces aparece una pregunta bastante más incómoda:
¿Estoy deseando a esta persona o estoy deseando quién podría llegar a ser yo si esta persona me eligiera?
Porque no es exactamente lo mismo.
Quizá no quiero su amor.
Quizá quiero sentirme suficientemente valiosa para conseguirlo.
Quizá no quiero realmente esa relación.
Quizá quiero reparar algo.
Quizá no quiero a alguien difícil.
Quizá quiero demostrarme que esta vez sí puedo conseguir que alguien que parecía inaccesible se quede.
Y aquí el deseo deja de ser solamente deseo.
Empieza a tener memoria.
Porque aprendemos.
Nuestro cerebro aprende qué cosas asociamos con recompensa, con placer, con reconocimiento, con excitación.
Y también aprendemos qué significa para nosotros ser elegidos, rechazados, perseguidos, abandonados o deseados.
Por eso creo que hay deseos que tienen una biografía.
Llegan hasta nosotros aparentemente de repente, pero quizá llevan años aprendiendo el camino.
Y entonces pienso en todas esas veces que hemos dicho:
“Es que hay algo que no sé explicar.”
Quizá sí sabemos explicarlo.
Solo que todavía no sabemos leerlo.
Quizá nuestro cuerpo reconoce una sensación antes de que nuestra conciencia consiga ponerle nombre.
Quizá confundimos lo familiar con lo compatible.
Quizá confundimos intensidad con profundidad porque nuestro sistema emocional ya conoce ese idioma.
Y quizá, algunas veces, llamamos química a la activación que produce no saber dónde estamos.
Esto no significa que toda persona que nos genera incertidumbre sea una mala elección.
Ni que una relación tranquila sea necesariamente una relación maravillosa.
También he conocido esa clase de tranquilidad que, sinceramente, podría utilizarse como anestesia general.
Porque sí.
Tampoco vamos a fingir ahora que cualquier persona emocionalmente disponible nos parece automáticamente fascinante.
Sería mentirnos con una sonrisa terapéutica.
La cuestión no es elegir entre intensidad o tranquilidad.
La cuestión es aprender a distinguir qué hay dentro de la intensidad.
Porque una cosa es sentir mucho.
Y otra muy distinta es que aquello que sentimos esté construyendo algo.
Podemos sentir deseo y no tener compatibilidad.
Podemos sentir química y no tener reciprocidad.
Podemos sentir una conexión brutal y no tener capacidad para construir una relación.
Podemos pensar muchísimo en alguien y conocer muy poco de esa persona.
Y podemos echar de menos algo que, en realidad, nunca llegó a existir como nosotros lo imaginamos.
Esta última quizá sea de las más difíciles.
Porque a veces no echamos de menos una relación.
Echamos de menos la posibilidad de la relación.
Echamos de menos aquello que todavía podía ser.
Y una posibilidad no tiene límites.
La realidad sí.
La realidad tiene horarios, conversaciones incómodas, diferencias, decisiones, presencia, compromiso y también decepciones.
La fantasía, en cambio, puede permanecer perfecta durante años.
Por eso quizá deberíamos empezar a hacernos preguntas diferentes cuando alguien nos despierta muchísimo deseo.
No solamente:
“¿Cuánto me gusta?”
Sino:
“¿Cómo me siento cuando estoy cerca de esta persona?”
“¿Cómo me siento cuando desaparece?”
“¿Estoy disfrutando de lo que realmente ocurre o estoy viviendo de lo que podría ocurrir?”
“¿Me gusta esta persona o me gusta quién soy cuando consigo su atención?”
“¿Hay reciprocidad o estoy intentando convertir la incertidumbre en esperanza?”
Y sobre todo:
“Si desapareciera toda la fantasía, ¿qué quedaría de esta relación?”
Quizá esa sea una de las preguntas más honestas que podemos hacernos.
Porque el deseo no es nuestro enemigo.
No tenemos que domesticarlo ni convertirnos en seres emocionalmente anestesiados para estar bien.
El deseo forma parte de nosotros.
Nos mueve.
Nos despierta.
Nos lleva hacia personas, lugares, proyectos, cuerpos, sueños y versiones de nosotros mismos que todavía no conocemos.
Pero quizá necesitamos aprender a escucharlo.
Porque el deseo habla.
Y algunas veces habla de lo que queremos.
Otras, de lo que nos falta.
Otras, de lo que aprendimos.
Y algunas veces habla de una historia antigua que todavía estamos intentando terminar.
Por eso hoy, cuando algo me despierta una intensidad desproporcionada, intento no preguntarme únicamente:
“¿Por qué deseo tanto esto?”
Me pregunto algo más incómodo:
“¿Qué parte de mí se está despertando aquí?”
Porque quizá madurar no consiste en dejar de desear intensamente.
Quizá consiste en aprender a leer qué historia se esconde detrás de aquello que deseamos.

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