Me he pasado tanto tiempo buscándome que ahora mismo creo que no me encuentro.
Y quizá lo más extraño no sea eso.
Quizá lo extraño sea que ya no sé si quiero encontrarme.
Hay una palabra que lleva unos días caminando por dentro de mí: desarraigo.
No como quien pierde una casa.
Como quien descubre que llevaba demasiado tiempo intentando echar raíces en lugares donde nunca hubo tierra para ellas.
No me siento parte de nada.
Ni parte de nadie.
Y durante mucho tiempo pensé que ese era precisamente el problema.
Que tenía que encontrar mi sitio.
Mi gente.
Mi lugar.
Ese rincón del mundo donde pudiera dejar de sentir que estaba siempre llegando tarde a alguna parte.
He buscado pertenecer de muchas maneras.
En los vínculos.
En las amistades.
En los lugares.
En el amor.
En las historias que construí alrededor de otras personas.
He intentado reconocerme en aquello que compartía con los demás.
Y ahora, después de tanto buscar, hay algo que empieza a incomodarme:
¿Y si nunca pertenecí?
No lo digo desde la tristeza.
Tampoco desde la derrota.
Es algo más extraño.
Una especie de silencio.
Como si hubiera dejado de correr detrás de las respuestas y, al detenerme, hubiera descubierto que ni siquiera sé cuál era la pregunta.
A veces pienso en las personas que han pasado por mi vida y me pregunto si alguna vez estuve verdaderamente enamorada o si amé también la posibilidad de sentirme elegida.
Me pregunto si aquellas amistades fueron realmente amistades o si algunas fueron solamente lugares donde intenté descansar de mí misma.
Me pregunto cuántas veces confundí conexión con intensidad.
Cuántas veces confundí pertenencia con necesidad.
Cuántas veces llamé hogar a cualquier lugar donde alguien me hizo un hueco.
Y quizá por eso ahora no encuentro ninguno.
Tengo anclas, sí.
Pequeños momentos que todavía tiran de mí.
Una conversación.
Una mirada.
Una persona.
Una casa.
Una estación del año.
Una calle.
El olor de un lugar.
La memoria absurda de una tarde que, aparentemente, no significó nada y que, sin embargo, permanece.
Tenemos esas pequeñas anclas emocionales que nos recuerdan que estuvimos allí.
Que sentimos.
Que fuimos alguien en algún momento.
Pero una cosa es estar unido a determinados recuerdos y otra muy distinta sentir que perteneces a algún lugar.
Y yo no sé si pertenezco.
No sé si quiero buscar.
No sé si quiero probar algo nuevo.
No sé si quiero esperar nada de nadie.
Y por primera vez en mucho tiempo tampoco siento la necesidad de responder inmediatamente a esas preguntas.
Quizá estoy cansada de convertirme en una versión de mí misma que encaje.
Cansada de interpretar los mapas de los demás para descubrir dónde está mi sitio.
Cansada de preguntarme qué tengo que hacer, qué tengo que cambiar, qué tengo que aprender para sentir finalmente que algo me pertenece.
Puede que no esté perdida.
Puede que simplemente haya dejado de reconocer los lugares en los que antes me encontraba.
Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
No creo que mi alma se haya vaciado.
Si así fuera, probablemente no estaría haciéndome todas estas preguntas.
Lo que siento es otra cosa.
Como si hubiera una parte de mí que sigue siendo profundamente sensible, pero que ya no quisiera exponerse a cualquier cosa.
Mi sensibilidad sigue ahí.
Solo que parece estar encarcelada.
La escucho detrás de los barrotes.
Sigue mirando.
Sigue sintiendo.
Sigue emocionándose con determinadas palabras, con determinadas personas, con la luz que cae sobre un paisaje, con una canción, con una conversación que consigue atravesar la superficie.
Pero ya no sale corriendo hacia cualquier lugar donde alguien le promete pertenencia.
Y quizá eso también sea una forma de crecer.
No sé si estoy en una etapa de encontrarme.
Quizá estoy en una etapa mucho más incómoda:
la de dejar de buscarme en los demás.
Tal vez el desarraigo no siempre significa no tener raíces.
A veces significa descubrir que las raíces que creías tuyas estaban agarradas a lugares que nunca fueron realmente tuyos.
Y entonces toca quedarse quieta.
Sin tribu.
Sin promesas.
Sin buscar desesperadamente una puerta que diga aquí perteneces.
Solo tú.
Sin saber todavía dónde encajas.
Sin saber siquiera si quieres encajar.
Y quizá, por primera vez, eso no tenga que ser un problema.
Quizá pueda ser simplemente un lugar de paso.
Un territorio sin nombre.
Un espacio donde todavía no sé quién soy, pero donde al menos ya no estoy intentando ser alguien para que me quieran.
Y tal vez sea precisamente ahí, en ese extraño lugar donde no pertenezco a nada ni a nadie, donde empiece a descubrir algo que durante años no supe escuchar:
que quizá mi primera casa no era un lugar al que llegar.
Quizá era yo.

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