Mujer ante un cruce de caminos junto al mar, entre libertad, compromiso e independencia

¿Y si no es libertad?

Cuando elegimos vincularnos, ¿estamos eligiendo de verdad?

Hay una palabra que últimamente aparece mucho cuando hablamos de relaciones:

Libertad

” Yo soy un alma libre”

“No quiero que nadie me ate”

“No creo en las relaciones convecionales”

“Necesito mi espacio”

“No quiero etiquetas”

“Quiero vivir sin dar explicaciones”

“Yo no nací para estar con una sola persona”

Y, sinceramente, algunas veces pienso que hemos conseguido algo maravilloso.

Hemos llegado a un punto de la historia en la que una persona puede decir:

“No quiero una relación.”

Y no tiene que pedir perdón por ello.

Bien.

Ya era hora.

No necesitamos estar emparejados para demostrar que nuestra vida funciona. No necesitamos casarnos, convivir, tener hijos ni compartir una cuenta bancaria para que nuestra existencia tenga sentido.

Podemos estar solos.

Podemos amar de otra manera.

Podemos elegir la no monogamia consensuada.

Podemos tener una relación abierta.

Podemos no tener ninguna.

Investigando artículos por redes he leído que no existen datos para decir que una estructura relacional es más satisfactoria que otra, de por si, un metaanálisis reciente que reunió 35 estudios y casi 24.500 personas no encontró diferencias globales significativas en la satisfacción de pareja o sexual entre relaciones monógamas y no monógamas.

Así que no.

Este articulo no viene a defender la monogamia como si fuera la ultima estación de la evolución humana.

Pero tampoco viene a aplaudir cualquier cosa que lleve la palabra libertad delante.

Porque hay una pregunta que me parece bastante mas incomoda:

¿ Elegir algo lo convierte automáticamente en una elección libre?

Y aquí empieza el problema.

Porque también podemos elegir desde el miedo.

Podemos elegir estar solos porque nos gusta nuestra vida.

Y podemos elegir estar solos porque la intimidad nos asusta.

Podemos elegir no convivir porque valoramos profundamente nuestro espacio.

y podemos no querer convivir porque compartir demasiado nos hace sentir atrapados.

Podemos no querer una relación porque hemos descubierto que no la necesitamos.

O porque hemos decidido que necesitar a alguien es demasiado peligroso.

Desde fuera, ambas personas pueden decir exactamente lo mismo:

“Estoy perfectamente así”

Y puede que ambas estén diciendo la verdad.

La diferencia no siempre esta en lo que haces.

A veces esta en lo que ocurre dentro de ti cuando aparece la posibilidad de hacer algo diferente.

Porque una elección saludable no debería necesitar que huyas de todas las alternativas.

Puedes elegir la soledad y no tenerle miedo a la intimidad.

Puedes elegir la monogamia y no tener miedo a la independencia.

Puedes elegir la no monogamia y no tener miedo al compromiso.

Puedes querer a alguien y no sentir que has entregado las llaves de tu identidad.

Eso es mucho mas interesante que simplemente decir:

“Yo soy libre”

La libertad no debería necesitar enemigos.

Aquí hay algo que me llama especialmente la atención.

A veces hablamos de libertad como si para ser libres necesitáramos estar permanentemente a salvo de alguien.

A salvo de que nos pidan.

A salvo de que nos necesiten.

A salvo de que nos hagan preguntas.

A salvo de tener que dar explicaciones.

A salvo de comprometer nuestro tiempo.

A salvo de sentir demasiado.

A salvo de depender.

A salvo de que alguien nos pueda hacer daño.

Y entonces construimos una vida perfectamente diseñada para que nadie pueda entrar demasiado dentro.

Casa.

Trabajo.

Viajes.

Amigos.

Sexo.

Proyectos.

Rutinas.

Espacio.

Silencio.

Todo en su sitio.

Todo bajo control.

Y si alguien intenta acercarse demasiado:

“Es que yo necesito libertad.”

Puede ser.

Pero también puede ser otra cosa.

Puede ser miedo.

Puede ser una experiencia pasada que todavía gobierna el presente.

Puede ser una necesidad legitima de autonomía.

Puede ser una dificultad para tolerar la dependencia.

Puede ser simplemente que no quieres una relación.

Y ninguna de estas posibilidades se puede diagnosticar mirando una frase de Tinder.

Menos mal.

Porque bastante daño hace ya internet jugando a ser terapeuta con tres conceptos de apego aprendidos en un carrusel de Instagram.

AUTONOMÍA NO SIGNIFICA AISLAMIENTO

La psicología lleva décadas estudiando algo que aquí resulta fundamental: autonomía y conexión no son necesidades opuestas.

La teoría de la autodeterminación plantea la autonomía, la competencia y la conexión con los demás como necesidades psicológicas fundamentales. La autonomía no significa vivir desconectado. Significa sentir que tus decisiones son realmente tuyas.

Y esto cambia bastante la conversación.

Porque quizá hemos confundido:

“Quiero seguir siendo yo dentro de una relación”

con:

“No quiero que nadie tenga ninguna influencia sobre mí”

Y no es lo mismo.

Una relación adulta inevitablemente tiene influencia.

Tu pareja puede necesitarte.

Puede decepcionarte.

Puede pedirte tiempo.

Puede decirte que algo le duele.

Puede tener una opinión diferente.

Puede poner un limite.

Puede necesitar espacio.

Puede querer mas cercanía.

Puede querer menos.

Puede cambiar.

Tú también.

Eso nos significa que hayas perdido tu libertad.

Significa que te estas relacionado con otro ser humano, y no con una planta de interior que queda estupenda en el salón y jamás te pide una conversación incomoda.

Entonces, ¿Dónde empieza el miedo disfrazado de libertad?

Aquí es donde creo que debemos de ser muy honestos.

No existe una prueba que podamos pasar para determinar:

” Esto es libertad”

“Esto es miedo”

No funciona así.

Pero podemos hacernos preguntas.

Preguntas incomodas.

De esas que no quedan bien en Instagram.

¿Puedes acercarte sin sentir que pierdes tu identidad?

¿Puedes comprometerte sin sentir que estas entregando tu libertad?

¿Puedes necesitar a alguien sin sentirte debil?

¿Puedes permitir que alguien te necesite sin sentir que te esta atrapando?

¿Puedes permanecer cuando aparece el conflicto?

¿ Puedes decir “no quiero esta relación” sin convertir a las relaciones en el problema?

¿ Puedes estar solo sin necesitar convencer a los demás de que estar acompañado es una forma de esclavitud?

Esta ultima me parece especialmente interesante.

Cuándo una persona esta realmente tranquila con su elección, normalmente no necesita convertir la elección contraria en una estupidez.

No necesita decir:

” Las relaciones son una cárcel”

” Los hombres/mujeres no merecen la pena”

” La monogamia es antinarural”

“Todo el mundo acaba engañando”

” Quien necesita pareja tiene carencias”

Están son algunas de las que me han dicho.

Quizá simplemente puede decir:

“Esto no es para mí.”

Y seguir tomando un café.

Creo que esto sería mas elección.

También existe la libertad defensiva.

Hay personas que después de una relación dolorosa hacen algo completamente comprensible:

Deciden que jamás volverán a perderse dentro de alguien.

Y eso puede ser una decisión sana.

El problema aparece cuando la solución deja de ser:

“Voy aprender a elegir mejor ”

Y se convierte en:

“Voy a evitar cualquier situación en la que la otra persona me pueda importar demasiado”

La primera aumenta nuestra capacidad de elegir.

La segunda puede reducirla.

La investigación sobre apego ha encontrado que la evitación se relaciona con incomodidad ante la cercanía y la intimidad. Pero también muestra algo importante: las experiencias positivas de relación pueden reducir esa evitación y favorecer una mayor apertura.

Esto importa muchísimo.

Porque significa que no estamos condenados a repetir nuestra manera de vincularnos.

Y también significa que llamar a alguien “evitativo” y dar el caso por cerrado es intelectualmente bastante perezoso.

Una persona puede haber aprendido a protegerse.

Y puede aprender otra forma.

Quizá el verdadero problema no sea necesitar

Nos hemos pasado años escuchando que tenemos que ser independientes.

Y sí.

Por supuesto.

Pero hemos llevado la independencia a un lugar extraño.

Como si necesitar fuera fracasar.

Como si pedir fuera depender.

Como si comprometerse fuera perder.

Como si compartir fuera renunciar.

Como si amar profundamente implicara desaparecer.

Y quizá el verdadero salto evolutivo no sea pasar de la dependencia a la independencia.

Quizá sea llegar a la interdependencia.

Yo puedo estar sola.

Tú puedes estar solo.

Y aun así podemos elegir estar juntos.

No porque no podamos vivir sin el otro.

Sino porque queremos compartir una parte de la vida que podríamos vivir por separado.

Eso cambia completamente el significado de una relación.

Ya no es:

“Te necesito para estar bien.”

Ni:

“No necesito a nadie para estar bien.”

Es:

“Estoy bien siendo quien soy y, precisamente por eso, puedo elegirte.”

Eso sí me parece libertad.


Y aquí aparece una paradoja preciosa

Quizá una persona verdaderamente libre no sea aquella que nunca se compromete.

Quizá sea aquella que puede comprometerse sin sentirse atrapada.

Porque comprometerse no significa prometer disponibilidad absoluta.

Significa aceptar que nuestras elecciones tienen consecuencias.

Si digo que estoy contigo, tus emociones empiezan a formar parte de mi realidad.

Si tú me dices que algo te duele, puedo escucharlo.

Si yo necesito algo, puedo decirlo.

Si nuestros deseos cambian, podemos hablar.

Si queremos caminos diferentes, podemos separarnos.

Y sí:

puedo irme.

Precisamente porque puedo irme, quedarme tiene sentido.

¿Y la no monogamia?

Aquí también necesitamos bajar el dedo acusador.

Porque la no monogamia consensuada no es automáticamente una forma sofisticada de evitar el compromiso.

Puede existir un compromiso enorme dentro de una relación no monógama.

Pueden haber acuerdos.

Cuidado.

Responsabilidad.

Honestidad.

Límites.

Celos.

Conversaciones difíciles.

Negociaciones.

Y muchísimo trabajo emocional.

De hecho, la investigación reciente sigue encontrando que las relaciones consensualmente no monógamas pueden presentar niveles de satisfacción comparables a las monógamas.

Por tanto, la pregunta no debería ser:

“¿Con cuántas personas te relacionas?”

La pregunta debería ser:

“¿Cómo te relacionas con las personas que has elegido?”

Porque alguien puede ser monógamo y profundamente irresponsable.

Y alguien puede tener varios vínculos y ser extraordinariamente honesto.

La estructura no garantiza la salud.

La conciencia sí puede cambiarlo todo.

Quizá la verdadera libertad sea mucho más incómoda

Porque ser libre no consiste solamente en poder decir:

“No quiero.”

También consiste en poder decir:

“Sí quiero.”

Sí quiero quererte.

Sí quiero necesitarte algunas veces.

Sí quiero compartir.

Sí quiero construir.

Sí quiero comprometerme.

Sí quiero quedarme.

Y seguir siendo yo.

Porque si solamente puedo sentirme libre cuando nadie puede pedirme nada, quizá mi libertad depende demasiado de mantener a los demás a una distancia segura.

Y entonces aparece una pregunta que no pretende acusar a nadie:

¿Eres libre porque has elegido tu vida o porque has construido una vida en la que nadie puede tocar aquello que todavía te duele?

No es lo mismo.

Y quizá esto también nos toca a nosotras.

Porque sería muy fácil convertir este texto en otro capítulo de:

“Los hombres de hoy tienen miedo al compromiso.”

No.

Nosotras también hemos aprendido a utilizar la independencia como armadura.

“Yo no necesito a ningún hombre.”

“Estoy mejor sola.”

“No pienso volver a depender.”

“No necesito que nadie me cuide.”

Y puede ser verdad.

Pero también puede ser una respuesta construida después de haber necesitado demasiado y haber recibido demasiado poco.

La libertad no tiene género.

El miedo tampoco.

Lo que cambia es la forma en la que cada persona ha aprendido a protegerse.

Entonces, ¿cómo saberlo?

Quizá no puedas saberlo inmediatamente.

Ni tú.

Ni quien tienes delante.

Pero puedes observar algo:

¿Tu elección expande tu vida o la organiza alrededor de lo que intentas evitar?

Esa pregunta me parece mucho más poderosa que cualquier etiqueta.

Porque una elección libre suele abrir posibilidades.

Una defensa suele construir fronteras.

Y a veces ambas pueden parecer exactamente lo mismo.

Puedes estar sola y estar expandiéndote.

Puedes estar sola y estar escondiéndote.

Puedes estar en pareja y estar creciendo.

Puedes estar en pareja y estar desapareciendo.

Puedes tener una relación abierta y estar viviendo desde la honestidad.

Puedes no tenerla porque cualquier compromiso emocional te resulta insoportable.

Puedes amar a una sola persona y sentirte profundamente libre.

Puedes amar a varias y seguir sintiéndote libre.

No hay una fórmula.

Y quizá eso sea lo más honesto que podemos decir.

La pregunta no es si quieres una relación

La pregunta es:

¿Por qué no la quieres?


Y no hace falta responderla para nadie.

Ni justificarla.

Ni explicarla.

Ni defenderla.

Pero quizá sí convenga responderla para ti.

Porque hay una diferencia enorme entre:

“No quiero esto.”

y

“No puedo permitirme querer esto.”

Entre:

“Estoy bien sola.”

y

“Estar sola es la única manera en la que me siento segura.”

Entre:

“No quiero que nadie me limite.”

y

“No tolero que nadie tenga necesidades que puedan afectar a mis decisiones.”

Entre:

“Soy un alma libre.”

y

“Lo que necesito es que nadie entre demasiado en mí”

La primera frase puede ser libertad.

La segunda puede ser miedo.

Y a veces…

pueden ser ambas cosas.

Porque somos humanos.

Y rara vez elegimos desde un único lugar.

Quizá la libertad no consista en necesitar a alguien.

Ni en no necesitar a nadie.

Quizá consista en poder necesitar, amar, elegir, quedarte o marcharte…

sin dejar de pertenecerte.

Y ahora sí.

La pregunta te la dejo a ti:

Si mañana apareciera alguien con quien pudieras sentirte profundamente libre, profundamente tú y profundamente querida/o…

¿seguirías queriendo estar sola?

Y si la respuesta es sí:

qué maravilla.

Pero si durante un segundo has sentido miedo ante la pregunta…

quizá ahí haya algo que merezca la pena escuchar.

No para cambiar de opinión.

No para encontrar pareja.

No para convertirte en una persona más “disponible”.

Simplemente para saber si aquello que llamas libertad…

realmente es libertad.

Y yo tampoco tengo todas las respuestas

Y aquí voy a hacer algo que quizá debería haber hecho antes:

meterme yo también en esta pregunta.

Porque no estoy escribiendo esto desde un lugar de absoluta claridad.

Yo también estoy aprendiendo.

Todavía no sé si quiero ser un alma libre porque realmente he elegido una forma de vivir que me hace bien…

o si hay una parte de mí que ha aprendido a protegerse tanto que a veces confunde libertad con distancia.

No tengo la respuesta completamente resuelta.

Y, sinceramente, tampoco creo que tenga que tenerla.

Quizá la honestidad empieza precisamente ahí:

en poder decir “todavía no lo sé” sin convertir la duda en una sentencia.

Lo que sí sé es que hay algo que no me gusta.

Y cada vez me gusta menos.

Esta desconexión humana que hemos empezado a llamar libertad.

Esa manera de relacionarnos en la que todo tiene que ser ligero, sin demasiadas preguntas, sin demasiadas necesidades, sin demasiada profundidad.

No molestes.

No necesites.

No esperes.

No preguntes.

No sientas demasiado.

No pongas nombre a nada.

No pidas demasiado.

No te acerques demasiado.

Y, sobre todo:

no me hagas sentir que tengo que implicarme.

A veces tengo la sensación de que estamos construyendo una sociedad llena de personas perfectamente independientes…

que tienen cada vez más dificultades para encontrarse de verdad.

Tenemos más formas de comunicarnos que nunca y, sin embargo, parece que estamos aprendiendo a relacionarnos con una distancia de seguridad incorporada.

Nos queremos cerca, pero no demasiado.

Nos gustamos, pero sin expectativas.

Nos acostamos, pero no necesariamente nos conocemos.

Nos escribimos todos los días, pero podemos desaparecer sin explicación.

Decimos que queremos vínculos conscientes mientras seguimos huyendo de cualquier conversación que pueda hacernos sentir incómodos.

Y quizá hemos confundido no necesitar a nadie con no dejar que nadie nos importe demasiado.

No sé si quiero ser un alma libre.

Todavía estoy descubriéndolo.

Pero sí sé que no quiero una libertad que me obligue a vivir desconectada.

No quiero una libertad que consista en no necesitar.

No quiero una libertad construida sobre el miedo a perderme.

Quiero poder estar conmigo y no abandonarme cuando estoy con alguien.

Quiero poder amar sin desaparecer.

Quiero poder necesitar sin sentirme débil.

Quiero poder elegir quedarme sabiendo que también podría marcharme.

Quiero vínculos que no sean cárceles…

pero tampoco habitaciones de hotel donde nadie tiene permitido dejar una maleta.

Quizá eso sea lo que estoy buscando.

No sé todavía si quiero una relación.

No sé qué forma tendrá.

No sé con quién.

No sé siquiera si algún día querré compartir mi vida de una manera convencional.

Pero sí sé algo:

no quiero dejar de sentir.

Y quizá esa sea, por ahora, mi definición más honesta de libertad.

No saber exactamente dónde quiero estar…

pero no tener que cerrar el corazón para sentirme a salvo.

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