Representación simbólica del deseo con una tablilla antigua, Símbolos rituales y elementos relacionados con la magia sexual.

La Magia del Deseo antes de la magia sexual.



Antes de hablar de magia sexual conviene detenerse un momento.

Hoy utilizamos esta expresión para hablar de muchas cosas diferentes. Tantra, energía sexual, rituales, ocultismo o prácticas espirituales que entienden el deseo como una fuerza capaz de transformar algo dentro de nosotros.

Pero la relación entre la magia y el deseo es mucho más antigua.

Mucho antes de que alguien hablara de energía sexual, ya existían personas intentando intervenir sobre aquello que ocurría entre dos personas. Querían atraer, despertar pasión, recuperar un vínculo o evitar que alguien se alejara.

Sin embargo, sería un error mirar hacia el pasado buscando una versión antigua de lo que hoy llamamos magia sexual.

No es eso exactamente lo que vamos a encontrar.

Lo que aparece es algo quizá más antiguo y más extraño: seres humanos intentando comprender, provocar o modificar una fuerza que no podían tocar con las manos, pero cuyos efectos podían sentirse perfectamente en el cuerpo.

Y para entender esa historia tenemos que empezar antes de los rituales.

Tenemos que volver al deseo.


CUANDO EL DESEO ERA UNA FUERZA

Nosotros solemos hablar del deseo como algo profundamente privado.

Mi deseo.

Tu deseo.

Como si naciera dentro de nosotros y perteneciera por completo a ese territorio íntimo que llamamos cuerpo, mente o emoción.

Pero en el mundo antiguo podía imaginarse de otra manera.

El deseo podía llegar.

Invadir.

Atravesar el cuerpo.

Apoderarse de alguien.

Eros representa muy bien esa forma de entenderlo.

Para los griegos, Eros no era solamente una palabra relacionada con el erotismo. Era también una divinidad y, en algunas tradiciones, una fuerza primordial.

Su origen cambia según las fuentes. En unas aparece como una de las fuerzas presentes en el nacimiento del mundo y en otras como hijo de Afrodita. Pero más allá de sus diferentes genealogías hay una idea que permanece.

El deseo podía ser una fuerza.

Una fuerza capaz de atraer, fascinar y acercar dos cuerpos, pero también de alterar a quien la sentía.

Podía convertirse en fiebre, en insomnio, en obsesión, en una necesidad difícil de controlar.

Quizás por eso el deseo terminó entrando en el territorio de la magia.

Cuando algo es invisible, pero tiene consecuencias tan evidentes en el cuerpo, resulta inevitable que alguien termine preguntándose si es posible intervenir sobre ello.


ATRAER

Alrededor de Eros aparece también Afrodita, relacionada con el amor, la sexualidad y la atracción.

Y aquí la idea de atraer resulta importante.

Porque atraer no significa únicamente gustar.

Atraer implica movimiento.

Una persona comienza a ocupar nuestra atención. La mirada vuelve. El pensamiento insiste. El cuerpo se acerca.

Junto a Afrodita aparece también Peithō, vinculada con la persuasión y la seducción.

Y eso introduce algo que nos interesa especialmente para esta historia.

El deseo no estaba relacionado únicamente con el cuerpo. También con la capacidad de influir, de convencer, de seducir, de provocar algo mediante aquello que hacemos o decimos.

Quizá por eso no resulta extraño que el deseo terminara formando parte de rituales en los que palabras, nombres y fórmulas tenían un lugar importante.


CUANDO EL DESEO ENTRÓ EN EL RITUAL

En Grecia, Roma y especialmente en el mundo del Egipto grecoromano conservamos papiros, tablillas y fórmulas relacionadas con prácticas destinadas a intervenir sobre el amor, la atracción y el deseo.

No existía una única tradición llamada magia del deseo.

Las prácticas eran diferentes y pertenecían a contextos distintos. Pero muchas compartían una preocupación: aquello que ocurría entre dos personas podía convertirse en materia ritual.

Alguien podía querer atraer a otra persona, recuperar una relación, mantener el afecto, despertar pasión o intentar romper la indiferencia de alguien que permanecía lejos.

Las fórmulas podían incluir nombres propios, invocaciones y palabras cuidadosamente escogidas. También podían utilizarse objetos preparados para el ritual o figurillas relacionadas con las personas implicadas.

Y aquí aparece uno de los elementos más interesantes de toda esta historia.

El nombre.


ESCRIBIR UN NOMBRE

Cuando encontramos un nombre escrito en una tablilla o en un texto ritual sabemos que ese nombre formaba parte de una acción.

Pero también encontramos uno de los grandes límites de investigar el pasado.

Tenemos los objetos.

Tenemos algunas fórmulas.

Sabemos dónde fueron encontrados muchos de ellos.

Pero no siempre sabemos todo lo que ocurrió alrededor.

Podemos imaginar fácilmente una escena. Una persona desea a otra, escribe su nombre y realiza un ritual esperando que algo cambie.

Y probablemente en algunos casos ocurrió así.

Pero entre el objeto que ha sobrevivido y la experiencia completa de quienes participaron existe una distancia que ya no podemos atravesar.

No sabemos siempre quién estaba presente.

No sabemos qué parte del ritual veía la otra persona.

Ni qué ocurría después.

Y precisamente esa ausencia abre una pregunta interesante.

Porque un nombre puede servir para dirigir una intención hacia alguien, para señalar a una persona concreta dentro de una fórmula o de una acción ritual.

Pero también podemos preguntarnos qué ocurre cuando alguien descubre que ha sido nombrado dentro del deseo de otro.

No sabemos si ese descubrimiento formaba parte de aquellos rituales concretos y no tenemos motivos para inventarlo.

Pero sí conocemos la experiencia humana.

Saber que alguien ha escrito algo pensando en nosotros puede producir una reacción.

Puede incomodar.

Puede halagar.

Puede despertar curiosidad.

Incluso puede cambiar ligeramente la forma en que empezamos a mirar a esa persona.

Y eso no significa necesariamente que aparezca el deseo.

Ser deseado no es lo mismo que desear.

Pero descubrir que ocupamos un lugar dentro de la imaginación de otro puede hacer que algo se mueva.

Quizás esa sea otra de las razones por las que el nombre resulta tan interesante dentro de esta historia.

Porque nombrar a alguien no solo puede dirigir una intención hacia él.

También puede convertirlo, si llega a saberlo, en consciente de que existe dentro del deseo de otro.


LA PALABRA TODAVÍA SIGUE AQUÍ

No hace falta viajar demasiado lejos para encontrar esta misma relación entre la palabra y el deseo.

Todavía circulan formulas destinadas a trabajar con la atracción. Algunas se presentan como rituales contemporáneos, otras recuperan lenguas antiguas, símbolos o estructuras que recuerdan a practicas mucho más antiguas. No siempre sabemos de dónde proceden exactamente, quién las escribió por primera vez o cuánto hay en ellas de tradición y cuánto de reinterpretación moderna.

Pero quizá su origen no sea lo único interesante.

Hace poco encontré una fórmula que decía:

AURA MEA DESIDERIUM TRAHAT

La traducción que acompañaba al ritual era sencilla:

QUE MI AURA ATRAIGA EL DESEO

La frase venía acompañada de unas indicaciones precisas. Debía pronunciarse por la mañana, justo después de arreglarse y antes de salir de la puerta. No se trataba simplemente de repetir unas palabras durante el día pensando obsesivamente en alguien.

Existía un ritual de amor propio, había un momento contigo preparando y vistiendo tu cuerpo y una intención antes de cruzar esa puerta.

Pero lo más interesante aparecía después.

El ritual también venia con una advertencia; no debía pronunciarse la frase pensando en una persona determinada pues según esa misma indicación, en el momento que se añadiera un nombre, la naturaleza del ritual cambiaba y ya no se trataba de atraer deseo si no de realizar un amarre.

No sé decirte de donde procede exactamente esta fórmula ni puedo afirmar que conserve una continuidad directa con los rituales que se han encontrado en tablillas antiguas.

Pero quizá eso tampoco sea importante ahora.

La advertencia ya esta hecha.

Si decides utilizar este ritual, recuerda que la intención también forma parte de el.

Así que escucha bien a la bruja antes de jugar con estas cosas.

No amarres a alguien que no deberías amarrar.

No porque vaya a caer una maldición sobre tu cabeza. Eso sería demasiado fácil.

Ten cuidado porque hay deseos que, cuando empiezas a retenerlos, ellos empiezan a retenerte a ti.

Y porque quizá el verdadero peligro nunca estuvo en conseguir que alguien regresara.

Tal vez estuvo en descubrir que ya no sabes como soltarlo.

Ritual de magia del deseo con una fórmula escrita en pergamino, velas, hierbas y objetos de brujería.
La palabra, el ritual y el deseo: una fórmula para atraer sin pronunciar un nombre.

ATRAER O RETENER

No todos los rituales buscaban lo mismo.

En el mundo griego encontramos prácticas relacionadas con la idea de agōgē, un término vinculado con conducir o llevar hacia algún lugar.

En determinadas prácticas eróticas, la intención podía ser atraer a una persona hacia otra. Hacer que se acercara, que acudiera o que no permaneciera indiferente.

Pero existían también prácticas relacionadas con otra necesidad.

La philia, una idea más amplia que nuestro concepto actual de amor romántico, podía estar relacionada con el afecto, la cercanía y el vínculo.

Aquí la intención no siempre era provocar algo nuevo.

A veces era evitar que algo desapareciera.

Mantener el afecto.

Recuperar una relación.

Conservar la cercanía.

Y eso nos recuerda algo bastante humano.

No siempre deseamos aquello que todavía no tenemos.

A veces deseamos conservar aquello que sentimos que podemos perder.


EL LADO OSCURO DEL DESEO

Sería fácil romantizar toda esta historia.

Hablar de tablillas, fórmulas secretas y amantes separados por el destino.

Pero muchas de estas prácticas tienen una parte mucho más incómoda.

No buscaban comprender el deseo de la otra persona.

Intentaban modificarlo.

Y ahí aparece una frontera que no conviene borrar.

Una cosa es explorar el misterio del deseo.

Otra muy distinta es intentar convertir el deseo de alguien en territorio propio.

La historia de la magia erótica también es una historia sobre el poder.

Sobre la fantasía de atravesar la distancia que existe entre dos personas y conseguir que algo se mueva dentro de alguien que no está presente.

Quizá ninguna otra forma de magia revela con tanta claridad una necesidad humana.

No queremos solamente desear.

Queremos ser deseados.

Y, en ocasiones, la necesidad de ser deseados puede transformarse en algo más oscuro: querer poseer la respuesta del otro.


LA PUERTA QUE TODAVÍA NO HEMOS ABIERTO

Hasta aquí todavía no estamos hablando de magia sexual.

Estamos hablando de seres humanos intentando intervenir sobre el deseo. Intentando atraer, recuperar o retener aquello que deseaban.

Pero en algún momento la pregunta comienza a cambiar.

Porque cuando aparece el deseo, nuestra reacción más inmediata suele ser bastante sencilla.

Queremos satisfacerlo.

Y satisfacer el deseo nos provoca placer.

Quizá por eso resulta tan difícil detenerse a observarlo. El deseo parece empujarnos hacia algo. Hacia una persona, hacia un cuerpo, hacia una experiencia que imaginamos capaz de aliviar esa tensión.

Pero ¿qué ocurre cuando no lo satisfacemos inmediatamente?

¿Qué sucede si, en lugar de dirigir toda esa intensidad hacia fuera, permanecemos durante un instante dentro de ella?


Aquí es donde empezamos a acercarnos a otro territorio.

Porque la magia sexual no parte necesariamente de intentar provocar deseo en otra persona.

Parte de una pregunta diferente.

¿Qué ocurre con esa fuerza cuando aparece dentro de mí?

¿Puede ser observada?

¿Puede ser contenida?

¿Puede permanecer en el cuerpo sin desaparecer inmediatamente?

¿Puede transformarse en algo más?


Ahí empieza otra historia.

Una historia en la que el deseo deja de ser únicamente algo que queremos satisfacer o provocar en otra persona y comienza a convertirse en una fuerza que puede ser explorada.

Y quizá esa sea una de las primeras puertas hacia la magia sexual.

Porque tal vez el misterio no comienza cuando conseguimos aquello que deseamos.

Tal vez comienza justo antes.

En ese instante en el que sentimos el deseo aparecer y, en lugar de correr inmediatamente hacia su satisfacción, decidimos quedarnos un momento dentro de él.

Y mirar.

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