Quizá no sabes que tienes una herida



Hay cosas que hacemos sin saber muy bien por qué.

Nos enfadamos más de la cuenta.

Nos ponemos nerviosos cuando alguien tarda en contestarnos.

Nos cuesta muchísimo pedir ayuda.

Decimos que sí cuando en realidad queríamos decir que no.

Nos alejamos justo cuando alguien empieza a acercarse.

Necesitamos que nos quieran, pero cuando alguien nos quiere de verdad, a veces no sabemos qué hacer con eso.

Y después, cuando estamos tranquilos, podemos pensar:

¿Por qué he reaccionado así?

A veces incluso nos sentimos mal con nosotros mismos.

“Soy demasiado sensible.”

“Siempre hago lo mismo.”

“Tengo un carácter horrible.”

“Algo debe estar mal en mí.”

Y quizá no haya nada malo en ti.

Quizá hay algo que te pasó.

Algo que aprendiste.

Y quizá ni siquiera recuerdas cuándo lo aprendiste.

Porque cuando somos pequeños no pensamos:

“Esto que está ocurriendo ahora va a influir en la persona que seré dentro de treinta años.”

No.

Un niño simplemente vive lo que le toca vivir.

Si llora y nadie viene, aprende algo.

Si habla y nadie escucha, aprende algo.

Si se equivoca y le hacen sentir mal, aprende algo.

Si pide cariño y recibe cariño, también aprende algo.

Si cuando tiene miedo encuentra unos brazos que lo tranquilizan, aprende algo.

Vamos aprendiendo todo el tiempo.

Aprendemos si podemos confiar.

Aprendemos si podemos pedir.

Aprendemos si podemos decir que no.

Aprendemos si está bien llorar.

Aprendemos si podemos enfadarnos.

Aprendemos si tenemos que ser buenos, tranquilos, fuertes, perfectos o independientes para que nos quieran.

Y muchas de esas cosas las aprendemos sin que nadie nos las explique.

Simplemente las vivimos.

Por eso quizá hoy eres una persona que necesita tenerlo todo bajo control y no sabes de dónde viene.

O quizá te cuesta muchísimo confiar.

O necesitas que te digan que todo está bien.

O te duele muchísimo que alguien se enfade contigo.

O cuando alguien te hace una crítica, aunque sea pequeña, sientes que te están diciendo que no vales.

O quizá haces justo lo contrario.

Cuando alguien se acerca demasiado, te apartas.

No contestas.

Te enfrías.

Te convences de que no necesitas a nadie.

Y puede que lleves años pensando que esa es simplemente tu manera de ser.

Aquí es donde quiero detenerme un momento.

Porque quizá no se trata de descubrir qué tienes mal.

Quizá se trata de entender qué aprendiste.

A eso solemos llamarlo herida emocional.

Y me gusta explicarlo de una manera muy sencilla:

Una herida emocional es algo que nos dolió y que, de alguna manera, todavía puede influir en cómo vivimos algunas situaciones.

No hace falta que haya ocurrido algo terrible.

No hace falta tener una infancia horrible.

No hace falta recordar una escena concreta.

Y tampoco significa que nuestros padres no nos quisieran.

A veces nos quisieron muchísimo y aun así hubo cosas que no supieron ver.

A veces hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían.

A veces nosotros necesitábamos algo que ellos no supieron darnos.

Y a veces simplemente nos ocurrieron cosas que nos hicieron daño.

Eso también forma parte de nuestra historia.

El problema es que cuando somos adultos, muchas veces solo vemos la reacción.

Vemos que nos ponemos celosos.

Que desconfiamos.

Que nos cuesta estar solos.

Que necesitamos agradar.

Que nos enfadamos.

Que nos vamos.

Que nos quedamos aunque ya no queremos estar.

Pero no vemos de dónde viene todo eso.

Y entonces nos juzgamos.

Quizá podríamos hacer algo diferente.

La próxima vez que tengas una reacción que no entiendas, en lugar de preguntarte:

¿Qué me pasa?

prueba a preguntarte:

¿Qué ha tocado esto dentro de mí?

No necesitas encontrar la respuesta inmediatamente.

No necesitas recordar toda tu infancia.

No necesitas ponerle un nombre perfecto.

Solo mirar.

Por ejemplo:

“Cuando alguien se distancia, me entra mucho miedo.”

Bien.

Ya tienes algo que mirar.

“Cuando alguien me critica, siento que no valgo.”

También.

“Cuando alguien necesita algo de mí, me cuesta decir que no.”

Ahí hay otra pista.

“Cuando alguien me quiere mucho, me entran ganas de salir corriendo.”

Otra.

No para culpar a nadie.

No para convertir nuestro pasado en una explicación para todo.

Y tampoco para decir:

“Como tengo esta herida, no puedo evitar hacer daño.”

No.

Entendernos no nos quita responsabilidad.

Pero sí puede quitarnos un poco de esa dureza con la que muchas veces nos tratamos.

Porque quizá llevas mucho tiempo intentando cambiar algo de ti que, en realidad, primero necesitaba ser comprendido.

Y quizá nadie te enseñó a hacerlo.

Por eso, si nunca has pensado en tus heridas emocionales, no tienes que empezar buscando grandes respuestas.

Empieza por observarte.

Mira aquello que te duele más de lo que esperabas.

Aquello que te enfada demasiado.

Aquello que necesitas de los demás y no sabes pedir.

Aquello que haces una y otra vez aunque después no te guste haberlo hecho.

Ahí puede haber una historia.

Y quizá, poco a poco, puedas conocerla.

No para quedarte viviendo en ella.

Sino para entender por qué algunas cosas todavía te afectan tanto.

Porque conocerte no consiste en descubrir qué está mal en ti.

A veces consiste simplemente en mirar con un poco más de cariño a esa parte de ti que aprendió a defenderse como pudo.

Y empezar a enseñarle que hoy ya puede aprender otras cosas.

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